La palabra estrés, puede tener tantas definiciones como individuos hay quien la comprenden, y precisamente la comprendemos porque  vivimos el estrés con mayor o menor grado de presencia en nuestras vidas. Y es que el estado del “bientener” ha venido acompañado de una forma de vida en la que nuestro día a día está ocupado en actividades y obligaciones provocando que estemos continuamente desbordados  impidiendo escuchar nuestro diálogo interno, priorizar las cosas que elegimos para nuestro bienestar y impidiendo disfrutar de lo que “tenemos" en el presente.

Pero el estrés no ha emergido en la actualidad por ser un trendingtopic poblacional, si no que nos ha acompañado a lo largo de toda nuestra evolución, siendo de gran utilidad a modo de “salvavidas”. Y es que el estrés no es más que una reacción del organismo básica, coordinada y rápida que se activa al prepararse para afrontar una situación que percibe como amenazante o que va a requerir un esfuerzo especial o extraordinario.  A partir de aquí se coordinan una serie de respuestas fisiológicas para hacer frente a esa “batalla”, se acelera la respiración y la frecuencia cardíaca para promover más oxígeno y a su vez transportarlo hacía los músculos, se  libera azúcar en sangre para proporcionar combustible, se aumenta la respuesta inmune adhiriendo glóbulos blancos a las paredes de nuestros vasos sanguíneos para acudir a cualquier parte del cuerpo que pueda ser herida.. entre otras adaptaciones.  Y de la misma manera que se activa ante un peligro, una vez éste cesa se vuelve al estado inicial de equilibrio. 

Pero, ¿que pasa si la respuesta al estrés permanece en el tiempo? Pues que deja de ser un mecanismo de autoprotección y defensa y se nos vuelve en contra. Por lo que el estrés es una reacción necesaria e importante, por lo que el problema no es el proceso tal como se describe, si no cuando se cronifica su duración y frecuencia. 

¿Qué grandes peligros tenemos hoy en día? 

Nuestro estrés actual no viene de una amenaza de integridad física en su mayoría si no a nivel cognitivo: preocupaciones, pensamientos, basado en nuestro sistema de creencias así como el constante juego del tiempo y del dinero y nuestra pelea constante con la realidad empiezan y se mantienen en el tiempo poniendo en jaque a nuestra situación de equilibrio real. Vivimos en constante estrés. 

¿Cómo puede afectarnos el estrés al control del peso? 

Paradójicamente, uno de los mecanismos del estrés es el bloqueo de las necesidades fisiológicas básicas como la alimentación y las señales relacionadas con el hambre, por lo que nuestro consumo de alimentos disminuye. No obstante, ante alimentos altamente palatables (alimentos sabrosos con alto contenido en grasas y especialmente de azúcares) existe cierta correlación, que en situaciones de estrés aumentamos su consumo, por el placer hédonico que produce su consumo frente al malestar percibido, así como la respuesta en sangre alterando los niveles de glucosa en sangre y segregando mayor cantidad de dopamina (sustancia que se produce en el cerebro cuando experimentamos placer) provocando cierta sensación de bienestar cortoplacista perdiendo el control en el comportamiento alimenticio. Sobre este último punto, estudios realizados en personas mediante técnicas de neuroimagen, que permiten ver imágenes de la estructura y funcionamiento cerebral, indican que existen similitudes entre la respuesta fisiológica que se produce en anticipación a una comida apetitosa y el abuso de drogas, se segrega dopaimina en las mismas regiones cerebrales, lo que explica la addicción real que existe con la comida procesada o “basura”.

Por otro lado, una de las hormonas estrella que interviene en el proceso del estrés, es el cortisol, también llamada la “hormona del estrés”, cuya presencia en grandes cantidades y durante largos periodos de tiempo se relaciona con la destrucción de masa muscular, consiguiendo así una disminución de nuestro metabolismo basal, es decir nuestro cuerpo gasta menos energía en reposo, por lo que enlazado a la ingesta de alimentos palatables resulta en un mal cóctel. Por otro lado, el cortisol frente a desajustes metabólicos como altas concentraciones de insulina, suele resultar en un aumento de la formación de grasa corporal y dificultad para movilizarla y utilizarla como combustible.

Por último, el mal descanso está vinculado también al estrés, dormir menos de 7-8 horas provoca alteraciones hormonales relacionadas con el factor insulínico promoviendo al día siguiente que acudamos de nuevo a alimentos de alta densidad energética reclamando la energía que nos falta.

Conclusión

El estrés puede afectar a nuestra elección sobre alimentos poco saludables que van en detrimento de nuestra salud y nuestro control de peso y sobretodo y más importante de lo que nos pesa (más masa grasa). 

Tener espacios de relajación, practicar la meditación, realizar una sola tarea al tiempo intentando evitar el multitasking, prestando plena conciencia de lo que hacemos en todo momento, así como discernir nuestro dialogo interior pueden ser recomendaciones para ayudar a priorizar nuestro bienestar reducir nuestros niveles de estrés.