Endulzantes naturales y nuestra predilección por el azúcar

Un proposito y una biología ancestral con el sabor dulce

Hoy en día sabemos que el azúcar no es un nutriente que necesitemos ni que nos aporte beneficios, es más, conocemos sus consecuencias en nuestra salud cuando lo añadimos con frecuencia en nuestra alimentación, ya que se relaciona con diabetes, enfermedad coronaria, presión arterial e infarto cerebral, entre otros. Por ello la OMS propuso reducirlo al 5% en el consumo total calórico. Y es que el famoso azúcar está en todas partes, no solo se trata del que añadimos nosotros a voluntad en el café o en algún postre, sino el que se encuentra en muchos productos alimentarios que compramos. 
Y es que el uso del azúcar se data a finales del siglo XVII y nuestra predilección innata por su sabor dulce ha hecho que su desarrollo incrementara cada vez más.  

Pero, ¿Porqué tenemos tanta predilección por el sabor dulce? ¿Tiene un sentido evolutivo? Sigue leyendo 😉

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Pues la respuesta es sí, tiene un sentido evolutivo.  De hecho la primera explicación parte de nuestros primeros días de vida; cuando somos bebés, desarrollamos una predilección por este sabor dulce para no rechazar la leche materna, el único sustento que tenemos durante los primeros meses de vida y sin la cual podríamos morir.

Por otro lado, nuestros ancestros se guiaban por este sabor dulce para salvaguardar su superviviencia y saber a «ciencia cierta» que estaban lejos de la toxicidad. Las toxinas tienen un sabor amargo, por lo que si el alimento era dulce, eso era un indicador de que la comida era inocua y además añadía la información de que ese alimento era denso nutricional y calóricamente, lo cual en tiempos de carencia y supervivencia era imprescindible.

Si nos damos cuenta, los “dulces” de nuestros antepasados se basaban en bayas, frutas y hortalizas. Y el desarrollo de nuestro paladar ha seguido intacto a lo largo de estos años de evolución, pero nuestra alimentación ha cambiado, pero mucho. Cuando exponemos nuestros receptores de sabor a cantidades de dulce superiores nuestro nivel de dulzor se adapta, y genera tolerancia. Lo que significa que cada vez necesitamos igual o más dosis para poder percibirlo, y esto supone una desventaja ya que cada vez nos desplazamos más del sabor “autentico” de los alimentos que componen nuestra dieta, y nos decantamos sin apenas darnos cuenta,  a elegir productos procesados, guiándonos por su sabor más que por su valor nutricional y esto afecta a nuestra salud. Es una tendencia, que no nos ayuda.

Ya te he comentado en anteriores post, que los alimentos no tienen ni participan de la rígida moralidad: no hay “buenos o malos”. El azúcar o los alimentos con azúcar añadido que tome esporádicamente en mi alimentación porque me apetece, no va a afectar significativamente a mi salud. Es importante valorar cuan de apegados estamos a dichos alimentos y cómo nos desplaza de alimentos que respetan, son coherentes y van a favor de nuestra biología».

Si queremos seguir opciones que están en línea con nuestra ancestralidad y que quizás son opciones más alineadas con la disponibilidad de la naturaleza, aquí te presento algunas:

MIEL

 Tiene un gran aporte calórico que no hay que desperdiciar ni dejar de tener en cuenta, a nuestros antepasados les sirvió para su desarrollo y supervivencia, así como las larvas cercad el panal que también nos aportaban dosis de proteína.

Una pequeña cantidad de miel cruda ( evita aquellas que en su listado de ingredientes tenga escrito: “glucosa” o “jarabe de fructosa” – aditivos utilizados con frecuencia para evitar que se solidifique). En su composición cuenta con aminoácidos (estructuras de la proteína), minerales, vitaminas, enzimas, polifenoles beneficiosos que, apoyándonos en la ciencia nos ayudan a mejorar nuestro ratio de antioxidantes en sangre, apoya procesos de desinfalmación, mejora el perfil lipídico ( aumentando el hdl, reduciendo triglicéridos), mejora el control de los niveles de glucosa en sangre reduciendo la prevalencia de diabetes ( no como con el azúcar blanco), así como es efectiva para la gastroenteritis entre otras afecciones bacterianas como la famosa helicobacter pylori por sus propiedades antibacterianas.

STEVIA

En Japón es bien conocida y utilizada por su poder edulcorante que es mucho más dulce que el azúcar sin aporte calórico, con un regusto amargo a regaliz. De la Stevia rebaudiana, se utilizan sus hojas de dónde se extraen y refinan los glucósidos de esteviol que es lo que nosotros añadimos para endulzar, por lo que necesita de un procesamiento. Además de ser un endulzante también nos apoya en nuestra salud:

Contiene cierta evidencia de reducir la presión arterial y es una buena opción en personas con diabetes puesto que reduce los niveles de glucosa en comparación con otros edulcorantes.

AZÚCAR DE COCO, MELAZA O PANELA

Son opciones naturales que a pesar de que en su composición veamos minerales como calcio, zinc y hierro, sus cantidades no constituyen una fuente para cubrir nuestras necesidades diarias.

En comparación con el azúcar refinado, son quizás opciones mejores para controlar la glucosa en sangre ya que su índice glucémico es bajo.

FRUTA SECA

Añadir de forma moderada dátiles, pasas, orejones, en resumen, fruta desecada o deshidratada donde se ha reducido su contenido de agua alrededor de un 20% para endulzar de forma natural nuestros platos puede ser un recurso útil donde también podemos sumar en componentes como fibra y algo de densidad nutricional como hierro, calcio y magnesio, respetando nuestro paladar y añadiendo saciedad.

Aquí te dejo una receta de pasta de dátiles para endulzar (tostadas, yogures, postres, galletas, bebidas vegetales…):

Ingredientes:

250g de dátiles al natural

200ml de agua

Elaboración: Deshuesar los dátiles y triturarlos junto con el agua hasta obtener una pasta homogénea. Si consideras que necesita un poco más de agua eres libre para añadirla. Es necesario que la conserves en el frigorífico.

Espero te haya resultado útil 😉

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